En
la segunda sesión del Club de lectura UDI nos trasladamos al País de las Maravillas
del clásico de Lewis Carroll, obra que nos permitió discutir cómo se lee una
obra literaria. A partir de esta sesión se presentan las siguientes
reflexiones:
“Una
vez alejado el Autor, se vuelve inútil
la pretensión de «descifrar» un texto. Darle a un texto un autor es
imponerle un seguro, proveerlo de un significado último, cerrar la escritura.”
Roland
Barthes
Leer
una obra como Alicia en el País de las Maravillas nos enfrenta a una total incertidumbre del
sentido, no sólo porque su misma historia constituya un mundo “sin sentido”,
sino también porque nos enfrenta a los interrogantes propios del texto polisémico: ¿qué quiere decir?,
¿qué quiso decir el autor?, ¿cómo entenderla? Frente a tales preguntas, la
crítica y los lectores han elaborado múltiples teorías: algunos relacionan la
obra con el consumo de drogas y aluden a un viaje psicodélico para explicar sus
personajes fantásticos y situaciones anormales; otros, se centran en los
mensajes cifrados que podría haber dejado su autor, matemático, a través de los
números y demás símbolos; la crítica feminista ha usado a Alicia como una
metáfora de la feminidad y el despertar sexual femenino; la ciencia ha llegado
a describir y diagnosticar enfermedades psicológicas y neurológicas a partir de
los extraños sucesos ocurridos a Alicia, e incluso, algunos vinculan a Carroll
con la masonería y presumen que el texto está lleno de mensajes cifrados (entre
muchas otras interpretaciones).
Podemos encontrar en todas estas interpretaciones una preocupación común: la historia tiene que significar algo; no se trata tan solo de un divertido cuento infantil (sin pretender reducir los alcances de este género), sino que su significado debe ir más allá de la anécdota. En otras palabras, la lectura a nivel literal (saber que es la historia de una niña que, tras perseguir a un conejo, cae por una madriguera y desemboca en un mundo fantástico…) sólo nos sirve para acercarnos al texto. Pero, leer Alicia en el País de las Maravillas requiere ir más allá, implica darle significado a esa historia que se anuncia, abiertamente (con un guiño del autor), sin sentido.
Podemos encontrar en todas estas interpretaciones una preocupación común: la historia tiene que significar algo; no se trata tan solo de un divertido cuento infantil (sin pretender reducir los alcances de este género), sino que su significado debe ir más allá de la anécdota. En otras palabras, la lectura a nivel literal (saber que es la historia de una niña que, tras perseguir a un conejo, cae por una madriguera y desemboca en un mundo fantástico…) sólo nos sirve para acercarnos al texto. Pero, leer Alicia en el País de las Maravillas requiere ir más allá, implica darle significado a esa historia que se anuncia, abiertamente (con un guiño del autor), sin sentido.
¿Cómo descifrar
el mensaje exacto de un texto que funciona a tantos niveles de significado?
¿Qué habrá querido decir el autor? La respuesta nos la da Roland Barthes (2009):
no hay autor, no hay sentido construido, no hay un único significado. Barthes
desplaza el protagonismo de la lectura del autor al lector y le otorga a este
último la compleja tarea de “resignificar” el texto, de proveerlo de sentido.
Así, Alicia no “quiere decir” una sola cosa, sino muchas, dependiendo de las
preguntas que los lectores le hagamos, y sólo tendrá valor en la medida en que
esas preguntas coincidan con nuestras expectativas e intereses personales. De
allí proviene la riqueza de los diversos aportes que se puedan hacer a la obra
desde perspectivas tan lejanas como la ciencia, la literatura o hasta la
religión.De tal modo, entendemos que el texto literario “…está plagado de espacios en blanco, de intersticios que hay que rellenar” (Eco, 76, 1981) para que cobre significado: Lewis Carroll nos presenta a una niña cayendo por una profunda y curiosa madriguera; nosotros decidiremos si en esa madriguera queremos ver una ruta al inconsciente, una evocación del útero materno, un puerta a otra dimensión o cualquier otra cosa.
A
esta multiplicidad de significados que puede conducir la obra se ha referido
Umberto Eco al hablar de “obra abierta”. Para el autor italiano, el texto
siempre necesita alguien “que lo ayude a funcionar” porque constituye un
“mecanismo perezoso o económico” que insinúa caminos e interpretaciones, mas
nunca restringe las cadenas de significados que los lectores pueden desatar a
partir de su experiencia. Valga aclarar que al adentrarse en este concepto, Eco
se refiere a ciertas estrategias textuales que pueden guiar la lectura, es
decir, si bien el Autor no restringe nuestras interpretaciones, el texto nos
puede ofrecer pistas para dotarlo de sentido en un nuevo contexto, es decir,
para actualizarlo.Actualizar el texto implica construir interpretaciones a partir de los indicios que estructuran la obra y que se reconocen en la medida en que se desarrolla una lectura aguda y detallada, capaz de identificar factores textuales y extra-textuales. Por tanto, la lectura también debe partir del diálogo del texto con nuestras lecturas, experiencias y conceptos previos, así como del análisis crítico de los discursos que lo atraviesan de acuerdo a un contexto. El texto cobra sentido, entonces, cuando lo que propone significa algo para nosotros. Por ejemplo, si nos interesa la historia, podemos leer Alicia como una parodia –crítica- de la sociedad inglesa victoriana, estudiar la manera en que son representadas en ella las reinas, las tradiciones de la época y los personajes desquiciados (¿que produce la doble moral victoriana?), o, si nos apasiona la psicología, interpretar los cambios vividos por Alicia como un rito de iniciación de la niña en la vida adolescente con sus inquietudes, cambios, aprendizajes y determinaciones.
En el Club de
lectura hemos propuesto leer la experiencia de Alicia como un viaje similar a
la lectura, un viaje que llega para cuestionar y desestabilizar la identidad de
la niña (y del lector). Alicia ingresa al País de las Maravillas tras caer muy
lentamente por una madriguera dispuesta como biblioteca. A lo largo de esta
caída repasa conceptos que ni siquiera conoce, presume de conocimientos
inciertos y poco a poco empieza a caer en un letargo en el que sus frases e
ideas se hacen incoherentes. La llegada a este mundo desconocido –pero
excitante- lleva a la niña a cuestionarse constantemente: ¿quién soy?, ¿por qué
cambio?, ¿para dónde voy?, ¿qué camino debo tomar?, ¿qué hago acá?... El gato
de Cheshire le anuncia: “Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás
loca.”.Esta sentencia nos puede llevar a revisar las conexiones entre Alicia y el Quijote, dos personajes que, tras pasar por los libros (la biblioteca), aterrizan en mundos diferentes, irreales, en los que son declarados locos. Dicha locura los conduce a emprender viajes cargados de aventuras, personajes insólitos y búsquedas personales. Es aquí donde retomamos nuestra propuesta inicial: el viaje de Alicia, así como el del Quijote, es un proceso de auto-reconocimiento, una “salida de sí” para tratar de reencontrarse. Y lo más valioso de esta campaña es que tal búsqueda no conduce a ninguna certeza, es decir, estos viajes ponen en evidencia la ilusión que constituyen la realidad y la identidad.
Por
ello, haciendo eco de Jorge Larrosa (1998), en el Club de lectura deseamos
promover la lectura de textos literarios como ese viaje que nos expropia, nos
desposee, nos revela nuestra imposibilidad de saber, nos muestra vulnerables y
a la deriva; nos convierte en extranjeros de nosotros mismos para llevarnos más
allá de lo que creímos ser. Esperamos entonces que nuestros lectores, al modo
de Alicia, se pierdan en las historias y hallen esos mundos escondidos que sólo
ellos pueden habitar.
"Léete, lee el mundo, lee la vida."
Diana Marcela Hernández Gutiérrez
Barthes, Roland (2009) El susurro
del lenguaje. Barcelona: Editorial Paidós
Eco, Umberto (1981) Lector in
fabula. Barcelona: Editorial Lumen
Larrosa, Jorge (1998) La
experiencia de la Lectura. Estudios sobre Literatura y formación. Barcelona:
Editorial Laertes.
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